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¿Para qué investigar?

texto publicado en la revista Soy Chef de Agosto
twitter@RevistaSoyChef


Entonces, investigar es el cuestionamiento de uno mismo. Pero, ¿la investigación gastronómica sirve para hacerse preguntas y desprender de ahí nuevos conocimientos? En primera instancia, sí. Las metodologías clásicas (los métodos de otras disciplinas) marcan que las dudas, preguntas, ilusiones o deseos de información personales o colectivos son un punto de partida para iniciar una investigación.

Sin embargo, siempre he creído corta esta definición.  Desde que inicié este camino visualicé una posibilidad que se convirtió en guía del recorrido. Una máxima que sirviera de meta final: la Investigación Gastronómica como transformadora de la realidad.

En aquel tiempo, para muchos sonó descabellado. Una ilusión poco realizable, me dijeron, que resultaría poco comprensible para la mayoría. Aún con esto se convirtió en motor de las definiciones posteriores de este oficio.

Hago uso nuevamente del sistema axiomático: si la investigación busca la transformación de la realidad, y la realidad es la percepción personal de lo existente, luego entonces la investigación es en verdad una vía para la transformación personal.

Se empieza transformándonos a nosotros mismos para después promover cambios en el exterior. Una sencilla manera de observar este oficio. Desde la gastronomía, la investigación podría cumplir los fines con los que ha sido observada y concebida la acción de investigar desde hace más de 500 años durante el Renacimiento y épocas posteriores, si se me permite el anacronismo.

Es de todos sabido que la circunstancia social en México no es la más equitativa de todas. Las cocinas rurales, esas de las que todos nos llenamos la boca con deseos de convertirlas en el punto de partida para filosofías culinarias de extraordinaria pureza, en realidad están sumergidas en muchos casos en pobreza, desigualdad o inaccesibilidad a servicios básicos que otros contamos.

Si bien es cierto que no es el único lugar desde donde se obtiene conocimiento culinario mexicano, si es el más rentable, socorrido y en ocasiones mediáticamente útil para muchos. Pero, ¿cómo es posible que a pesar de seguir documentando lo que sucede en el campo, en los territorios más agrestes, en los comales de mujeres dichosas, sólo nos conformáramos con aplaudirles, decirles lo valiosas que son, tomar fotos y recetas, y jamás regresar para dar continuidad al enlace?, ¿es congruente que la gastronomía mexicana haya sido la primera en ser nombrada como patrimonio intangible de la humanidad y quienes sostienen y ostentan ese reconomiento -campesinos, mujeres y pueblos enteros- sean al mismo tiempo los más desprotegidos o socialmente rezagados?

No estoy acusando a nadie. Son muchos los casos en lo que ese vínculo trae frutos magníficos que relucen en menús, libros u homenajes, pero en vistas del tiempo en que vivimos también la poca responsabilidad en esos contactos generaría un fuerte desequilibrio que repercutiría, eventualmente, en todos nosotros.

Entonces la investigación es una herramienta fundamental de vinculación responsable. Una posibilidad también para contribuir de manera ética a la preservación y transmisión de un patrimonio que, como se dijo, mucho de ello se encuentra en regiones que por sus condiciones se vuelven complejas para su estudio y comprensión.

Así la investigación tiene una Máxima que le da sentido, pero también tiene una funcionalidad práctica: transformarnos, transformar la realidad y servir como una vía de transmisión del conocimiento. No como un traspaso de arquetipos inamovibles que muchas veces son observados como tradición, sino como una transición de ese conocimiento entre una generación a otra, con sus respectivos cambios, con sus necesarias modificaciones.

Es, entonces, investigar una puerta abierta al cambio. Al mío, al tuyo, al de México. Investigar sirve para transformar; comenzar es más sencillo de lo que se puede pensar.

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